Todos los días...sin excepción
Esta mañana, Elena –Doña Elena como ella corregía- como siempre dispuesta a dedicarse por completo a sus dos amores: su viejito, como ella lo llamaba, y la pastelería que tanto la cargaba de felicidad. Sus ojos estaban rodeados de caminos y su sonrisa calada por recuerdos, quien a sus 56 años nada le impedía ser feliz. Se levantaba muy temprano a dedicarse a la cocina, nada podía ser mejor. Compartía el día entero con su viejito, ¡lo amaba tanto! que al verlo ella veía los 37 años que llevaban juntos y nada podía ser mejor.
El amor entre ellos nunca fue interrumpido por llantos, juguetes y sonrisas, pero eso los hizo más fuertes, sólo se tenían el uno al otro. El amor que ella sentía era un amor incondicional y obsesivo, vivía para él. Cuando se jubiló se dedicó por completo a la pastelería y su viejito era el primero en degustar cada uno de sus pasteles.
Elena era feliz saliendo todos los días a comprar los ingredientes de sus postres, cada día era un nuevo diseño, un nuevo sabor, incluso le gustaba combinar sabores y crear sus postres. No existía nada que inmutara su amor y su dedicación a la pastelería. Los vecinos no sabían mucho de ellos, sólo que eran una pareja feliz y muy tranquila.
Cada tarde, sin falta, Elena y su viejito se reunían en la mesa de roble del comedor diseñada para dos. Compartían un trozo de pastel con una taza de café. Era feliz. No existía algo mejor que ese momento que compartían juntos.
Todos los días era igual. Su viejito en el jardín o trabajando en la cochera y ella abnegada obsesivamente en la cocina preparándole un rico pastel. Era de todos los días. Parecía que todo era perfecto, tenían tiempo para estar juntos y para hacer lo que más le gustaba a Elena. Nunca se preocuparon por su salud, aún a la edad que tenían, porque eran muy saludables y nunca tuvieron problemas, aunque Elena siempre fue más fuerte que su viejito de carácter y de salud.
Transcurridos unos meses Elena comenzó a observar decaimiento en la salud de su viejito, ya no se sentía de ánimos, tenía pérdida de peso inexplicable, moretones que curaban con dificultad y su piel se tornaba seca y pálida. Algo no estaba bien. El jamás recurrió a realizarse exámenes o chequeos de la sangre al igual que ella, pero era evidente que padecía de diabetes y el consumo diario de sus pasteles lo empeoraron rápidamente. Aún en esa situación ambos se negaron a recurrir al hospital a averiguar qué sucedía. Elena aseguraba que podía cuidar de él y que era algo viral, y pasajero.
Siempre lo cuidaba, permanecía a su lado día y noche, pero la rutina no cambiaba, todas las tardes ambos se reunían en la mesa de roble del comedor y compartían un trozo de pastel con una taza de café. Jamás Elena se quedaría sola -jamás abandonaría a mi viejito y el jamás se ira de mi lado- aseguraba. Nadie los visitaba, ni los conocían por completo, sólo eran ellos y nadie más, sólo se importaban ellos y a nadie más, y así eran felices.
Ni el amor, ni la obsesión pudieron contra lo inesperado, la muerte los sorprendió a ambos, a él porque no se lo imaginaba y a ella porque su viejito era su vida, y su única compañía. Elena sintió que moriría con él, pero algo no se lo permitía.
Elena se rehusaba a alejarse de él, tenía que estar con él, ambos se necesitaban. El dolor que Elena sintió al ver a su viejito inmóvil, helado y lejano a ella, era inmenso e insoportable; su mente busco un escape, una mentira, un consuelo. Se dijo así misma que su viejito no estaba muerto, no iba a enterrarlo porque él no quería, él quería estar con ella, y así lo hizo.
Se levantó al día siguiente como de costumbre, vistió a su viejito y ella se dedicó a la cocina y a preparar un delicioso pastel para él. Lo sentó a la mesa de roble diseñada para dos, sólo para ellos dos, nunca se habían perdido una tarde en la que compartían un trozo de pastel con una taza de café y esa no iba a ser la excepción. Su mente estaba bloqueada. No procesaba, ¿por qué su viejito no probaba el pastel? Elena quería que todo fuera como antes, esas tardes que la hacían tan feliz y que habían compartido durante 37 años.
Elena no pensaba. No entendía. Su amor obsesivo la hizo alejarse de la realidad. Tomó la cuchara y comenzó a llevar trozos de pastel a la boca de su viejito, se los introducía a la fuerza, sólo así se sentía feliz, hasta veía que él lo disfrutaba como siempre. Elena hizo lo mismo día tras día, jamás volvió a salir de la casa, no quería separase de su viejito ni un segundo. Repitió la rutina por días, lo vestía, lo arreglaba, preparaba un pastel y cada tarde lo sentaba a la mesa con ella a compartir un trozo de pastel con una taza de café.
Un día sucedió lo evidente, los ingredientes para sus pasteles se habían agotado en la casa y ella no podía alejarse de su viejito, no iba a salir por nada del mundo. Comenzó a sentir que enloquecía porque no tenía con que preparar su pastel, estaba obsesionada con la pastelería ¡tenía que hacer un pastel todos los días!…Ese día Doña Elena perdió la razón sólo estaba su viejito y tenía que hacer un pastel…
