martes, 6 de julio de 2010

HOMBRE JOSÉ MARÍA NAPOLEÓN

Date tiempo y mira al cielo

Date tiempo y mira al cielo




-Nada puede cambiar, todo debe ser igual día tras día– Se decía así mismo Rafael. Sin razón aparente el mundo tomó su rumbo hace miles de años y nos hemos dedicado a nosotros mismos de manera equivocada y para Rafael no era la excepción…

       Se levantaba todos los días no por la pasión de vivir un día más, sino por la razón “me tengo que levantar, tengo que ir a trabajar”. La tecnología apoyaba como siempre esta razón y sin falta el despertador de Rafael sonaba un cuarto a las cinco. El Sol aún no salía pero Rafael jamás lo notó.

       No pasaba mucho tiempo luego que el despertador sonaba para que la mañana viera un día más a Rafael salir a trabajar y para que Marta su amiga -con sus mejillas rosadas y muy pronunciadas, y sus trajes acostumbrados que tanto le gustaba usar que eran a su medida como ella decía, aunque los botones proclamaran lo contrario- le regalara un abanico de bienvenida. Rafael sabía que Marta era la única con la que podía contar sin dudarlo. La única amiga que estaba siempre a su lado y a la que no comprendía nunca.



       -¿Con qué ojos percibes el mundo que no lo interpretamos igual?– Interrogaba a diario Rafael, y Marta sin titubear le respondía –con los mismos ojos que todos, sólo que los míos no se han dejado contaminar por la presión y la costumbre-. Rafael no se explicaba por qué Marta vivía de buen humor, por qué todo para ella tenía una aparente solución, por qué le gustaba romper las reglas y tomarse un día libre para ir a caminar o comerse un helado, por qué todas las noches subía a la terraza, se acostaba y se mantenía en la misma posición por más de una hora sólo para ver las estrellas.

       -Hay cosas más importantes en la vida, Marta- le aseguraba Rafael, -debes dejar de actuar como una niña-. Marta con su orgullo fracturado le respondía en un tono irónico y reprensivo –da un giro de 360° y podrás contemplar tu entorno, y darte cuenta de lo bello que es y de lo mucho que te estás perdiendo. Date tiempo y mira al cielo Rafael que la historia que cuenta ahora se borrará sin ser leída por tus ojos y jamás volverá, porque nunca un cuadro tan hermoso se ha repetido al día siguiente-.



       Aun con todos los esfuerzos de Marta por mostrarle a Rafael que debía trabajar para poder sobrevivir en lo material, pero que también tenía que tomarse el tiempo de vivir en el alma disfrutando cada momento, pero Rafael se rehusaba a esta filosofía de vida. No le encontraba sentido.

       La rutina continuó, Rafael seguía vivo como los demás, pero se sentía solo y estresado. Hasta que una mañana despertó como de costumbre y pensó en lo feliz que era Marta y que no debía estar tan equivocada para encontrar la felicidad. Rafael sintió que debía encontrarle sentido a lo que hacía y si con la loca filosofía de vida que proclamaba Marta lo iba a lograr, lo intentaría.

       Al salir de su casa fielmente Marta estaba ahí, pero Rafael ya no era el mismo. Ahora él era quien veía a la mañana y a Marta. –Apártame un lugar en la terraza esta noche-, le suplicó Rafael a Marta, y ella titubeo de la emoción y no pudo pronunciar un sí, sólo asentir con la cabeza.

       Impaciente y confundida permaneció hasta en la noche cuando escuchó a Rafael subir por los escalones hacía la terraza. Ella le hizo un gesto de interrogación a Rafael y él lo divino y le dijo: No es un día en especial. Sólo quiero mirar el cielo…

Amortiguador

Amortiguador

En esta vida nada es fácil, pero entre las cosas más complicadas y estresantes está el amor, ese sentimiento que nos confunde y nos quita el sueño es al mismo tiempo el sentimiento más buscado y con la necesidad de ser compartido con alguien especial. Es la meta ha alcanzar, el sueño por realizar y una vida por completar. Si nos preguntamos la razón esa se vuelve una de las tantas preguntas a las cuales no les hayamos solución porque apesar del sufrimiento que nos pueda ocasionar nos quedamos con la sensación de que valió la pena y si volviera a pasar lo volveríamos a intentar.

       En realidad no es amor, sólo es un descanso, un consuelo que nos aleja de nuestra realidad. Se convierte en un refugio donde dejamos que vuele nuestra imaginación y nos dejamos ver como somos en realidad.  Es el resguardo de nuestro corazón, la entrega incondicional y la ciega confianza que nos produce una felicidad desmedida y en donde nos sentimos seguros mientras dura.

       No existe manera de describirlo, ni entenderlo, siempre seremos víctimas de este sentimiento. Siempre seremos felices a medias entregándonos por completo y recibiendo lo que se pueda o lo que queda, pero no cabe duda de que al final estaremos felices de haber sentido y de haber conocido lo desconocido hasta ahora.    

domingo, 4 de julio de 2010

Asesina por inocente

         

Asesina por inocente




En mi mente existen muchos recuerdos de infancia, unos tristes, otros alegres y algunos inolvidables, pero pocos marcaron mi vida. Para realizar este texto he tenido que indagar en mis recuerdos, y ha sido una experiencia muy valiosa, ya que recordar es vivir.

       El recuerdo que elegí sucedió cuando apenas tenía seis años, y recuerdo muy bien que vivía en el Mora, en Santa Ana. La casa era grande y en el patio teníamos de toda clase de árboles, frutas y plantas. Un día mi abuelita apareció con un gallo y una gallina miniatura y les hicieron un gallinero.

       Hasta ese momento yo nunca había visto pollos, así que era una novedad para mí y un juguete nuevo. La gallina puso sus primeros huevos, y los pollitos comenzaron a nacer. Unos huevos no reventaban, yo pensé que los pollitos no podían romper el cascarón.

       Recuerdo que estaba sola en casa y pretendía ayudar a los pollitos para que nacieran. Cuando lo pienso se me hace muy gracioso, porque de verdad que era inocente, aunque para mí mis intenciones eran buenas.

       Fui al gallinero y tomé un huevo, lo coloqué contra el Sol y vi que el pollito se movía. Mi intención era ayudarlo a nacer, rompí el cascarón y quise sacarlo, pero todavía no era tiempo para que naciera, así que se murió.

       Ese día asesiné a un pollito por pura inocencia y curiosidad, no sabía, ni entendía que ellos pueden nacer solitos, que tienen su tiempo y no necesitan ayuda. Este accidente marcó mi vida, ya que soy muy sentimental con los animalitos y hasta la fecha nunca he podido tener un pollito porque me siento mal al recordar que yo asesiné a uno. 


¡No estás enfermo!...solo es la universidad


En los escalones de la vida, éste es el más alto. Todos experimentamos temor e indecisión cuando, caprichoso e imponente, se aparece ante nosotros. La universidad es un reto que no cualquiera asume, pero también, muy pocos tienen la oportunidad de intentarlo. En lo personal me sentí muy temerosa e indecisa al darme cuenta del cambio que venía a mi vida.

       Sabía que no tenía muchas opciones, ya que no sé hacer otra cosa más que estudiar, aunque las dotes de cantante no se me dan tan mal. Mis papás dicen que yo sería una buena cantante de rancheras por las mañanas, pero como fuente de ingresos me moriría de hambre. A mi parecer, la vida universitaria es un mundo completamente distinto al que conocía y estaba acostumbrada.

       Ahora, con todo y mis temores, me encuentro entre carteleras y edificios. A veces me siento confundida, pero la mayoría del tiempo el entusiasmo me invade y me impulsa a dar lo mejor de mi parte. Nada es como lo recuerdo, ahora todo es más fuerte y denso; además, me exigen más tiempo y dedicación. He llegado a comprender que yo soy la responsable de mi futuro y debo asumir la responsabilidad.

       Existen momentos en los que me siento asfixiada, y creo que no puedo asumir un reto tan grande. He llegado a sentir que la presión del estudio es mucha, pero al reflexionar me doy cuenta de que no es así, que solo se requiere de paciencia para adaptarme. Sin duda, esta es una experiencia empapada de beneficios. Frente a mí se plantan personas de amplio conocimiento, dispuestas a darme la llave de ese conocimiento. Cada día conozco, vivo y comparto algo nuevo, y eso me llena de alegría, ya que vivir es crecer y crecer es aprender.

       En lo personal me siento emocionada por todo lo que estoy viviendo y por lo que me espera. A veces siento mucha presión y me siento frustrada por todo lo que me exigen, pero sé que tengo la capacidad y que este escalón es la cúspide para un futuro exitoso.

sábado, 26 de junio de 2010

Todos los díás...sin excepción

Todos los días...sin excepción


Esta mañana, Elena –Doña Elena como ella corregía- como siempre dispuesta a dedicarse por completo a sus dos amores: su viejito, como ella lo llamaba, y la pastelería que tanto la cargaba de felicidad. Sus ojos estaban rodeados de caminos y su sonrisa calada por recuerdos, quien a sus 56 años nada le impedía ser feliz. Se levantaba muy temprano a dedicarse a la cocina, nada podía ser mejor. Compartía el día entero con su viejito, ¡lo amaba tanto! que al verlo ella veía los 37 años que llevaban juntos y nada podía ser mejor.

       El amor entre ellos nunca fue interrumpido por llantos, juguetes y sonrisas, pero eso los hizo más fuertes, sólo se tenían el uno al otro. El amor que ella sentía era un amor incondicional y obsesivo, vivía para él. Cuando se jubiló se dedicó por completo a la pastelería y su viejito era el primero en degustar cada uno de sus pasteles.

       Elena era feliz saliendo todos los días a comprar los ingredientes de sus postres, cada día era un nuevo diseño, un nuevo sabor, incluso le gustaba combinar sabores y crear sus postres. No existía nada que inmutara su amor y su dedicación a la pastelería. Los vecinos no sabían mucho de ellos, sólo que eran una pareja feliz y muy tranquila.

       Cada tarde, sin falta, Elena y su viejito se reunían en la mesa de roble del comedor diseñada para dos. Compartían un trozo de pastel con una taza de café. Era feliz. No existía algo mejor que ese momento que compartían juntos.



       Todos los días era igual. Su viejito en el jardín o trabajando en la cochera y ella abnegada obsesivamente en la cocina preparándole un rico pastel. Era de todos los días. Parecía que todo era perfecto, tenían tiempo para estar juntos y para hacer lo que más le gustaba a Elena. Nunca se preocuparon por su salud, aún a la edad que tenían, porque eran muy saludables y nunca tuvieron problemas, aunque Elena siempre fue más fuerte que su viejito de carácter y de salud.

       Transcurridos unos meses Elena comenzó a observar decaimiento en la salud de su viejito, ya no se sentía de ánimos, tenía pérdida de peso inexplicable, moretones que curaban con dificultad y su piel se tornaba seca y pálida. Algo no estaba bien. El jamás recurrió a realizarse exámenes o chequeos de la sangre al igual que ella, pero era evidente que padecía de diabetes y el consumo diario de sus pasteles lo empeoraron rápidamente. Aún en esa situación ambos se negaron a recurrir al hospital a averiguar qué sucedía. Elena aseguraba que podía cuidar de él y que era algo viral, y pasajero.

       Siempre lo cuidaba, permanecía a su lado día y noche, pero la rutina no cambiaba, todas las tardes ambos se reunían en la mesa de roble del comedor y compartían un trozo de pastel con una taza de café. Jamás Elena se quedaría sola -jamás abandonaría a mi viejito y el jamás se ira de mi lado- aseguraba. Nadie los visitaba, ni los conocían por completo, sólo eran ellos y nadie más, sólo se importaban ellos y a nadie más, y así eran felices.
       Ni el amor, ni la obsesión pudieron contra lo inesperado, la muerte los sorprendió a ambos, a él porque no se lo imaginaba y a ella porque su viejito era su vida, y su única compañía. Elena sintió que moriría con él, pero algo no se lo permitía.

       Elena se rehusaba a alejarse de él, tenía que estar con él, ambos se necesitaban. El dolor que Elena sintió al ver a su viejito inmóvil, helado y lejano a ella, era inmenso e insoportable; su mente busco un escape, una mentira, un consuelo. Se dijo así misma que su viejito no estaba muerto, no iba a enterrarlo porque él no quería, él quería estar con ella, y así lo hizo.

       Se levantó al día siguiente como de costumbre, vistió a su viejito y ella se dedicó a la cocina y a preparar un delicioso pastel para él. Lo sentó a la mesa de roble diseñada para dos, sólo para ellos dos, nunca se habían perdido una tarde en la que compartían un trozo de pastel con una taza de café y esa no iba a ser la excepción. Su mente estaba bloqueada. No procesaba, ¿por qué su viejito no probaba el pastel? Elena quería que todo fuera como antes, esas tardes que la hacían tan feliz y que habían compartido durante 37 años.

       Elena no pensaba. No entendía. Su amor obsesivo la hizo alejarse de la realidad. Tomó la cuchara y comenzó a llevar trozos de pastel a la boca de su viejito, se los introducía a la fuerza, sólo así se sentía feliz, hasta veía que él lo disfrutaba como siempre. Elena hizo lo mismo día tras día, jamás volvió a salir de la casa, no quería separase de su viejito ni un segundo. Repitió la rutina por días, lo vestía, lo arreglaba, preparaba un pastel y cada tarde lo sentaba a la mesa con ella a compartir un trozo de pastel con una taza de café.

       Un día sucedió lo evidente, los ingredientes para sus pasteles se habían agotado en la casa y ella no podía alejarse de su viejito, no iba a salir por nada del mundo. Comenzó a sentir que enloquecía porque no tenía con que preparar su pastel, estaba obsesionada con la pastelería ¡tenía que hacer un pastel todos los días!…Ese día Doña Elena perdió la razón sólo estaba su viejito y tenía que hacer un pastel…